Los uniformes de camuflaje: ¿esconderse o mostrarse?

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Los uniformes de camuflaje: ¿esconderse o mostrarse?

Mensaje por Marcus Luttrell el Mar 5 Oct 2010 - 17:47

En el principio era el combatiente visible

Durante siglos, el soldado se ha vestido generalmente de forma vistosa. El traje del guerrero se convierte en uniforme cuando un poder político fuerte crea un ejército permanente, pagado y entrenado. La diferenciación de colores y ropas se explica a menudo por el deseo de evitar errores, de los que la historia ofrece múltiples ejemplos. Según los países, los uniformes deben tener colores muy contrastados y diferentes. La interpretación aportada para explicar los coloridos uniformes de los siglos XVIII y XIX está así relacionada con la invención de la pólvora. La llamada pólvora negra produce gran cantidad de humo; hace por ello que, en un campo de batalla gris, la visión sea casi opaca. Los colores de los uniformes (resumiendo, roo para la infantería inglesa, blanco para la francesa, azul para la prusiana) permiten pues saber quién es quién; son un medio de reconocimiento en medio de la batalla. En mitad de las nubes de humo, estos colores funcionan como señales de identificación. Pero esta explicación es cierta sólo para un período muy corto, si lo comparamos con la larga historia de la humanidad. Encuentra sus auténticas raíces, sin duda alguna, en la idea del combate honroso, y de unas armas que pueden ser, o no ser, honrosas. El rojo de los ejércitos romanos o los yelmos empenachados de finales del Renacimiento permiten visualizar con claridad a los combatientes, las unidades y los jefes. Las corazas y armaduras resplandecientes, las grandes oriflamas y pendones de colores obedecen a esta misma lógica, igual que los escudos que centellean al sol. Esta voluntad de visibilidad es pues mucho más profunda que el tema de la pólvora negra; desde la Antigüedad, la fuerza debe tener legibilidad.

Por supuesto, se producen discusiones tácticas entre formación en línea y formación oblicua, entre pesados bloques y columnas, pero generalmente el movimiento se lleva a cabo a la vista del enemigo para impresionarlo. "Los uniformes de antaño [...] eran ricos, guarnecidos con trencilla, realzados con adornos resplandecientes, engalanados con airones, penachos de plumas, gallardetes soberbios, impresionantes. Este último vocablo explica la filosofía de su génesis y de su pomposo desarrollo. Había en efecto un aspecto moral en la belleza de estos pertrechos de guerra... El objetivo buscado era crear soldados de una belleza impresionante y terrible, para aumentar aún más el efecto mágico del ataque a la carga... para este acto supremo, lo hombres color de tierra, color de bosque o color de hierba descolorida que se levantan en los surcos llevando en la cabeza ollas puestas del revés, tendrán una estética poco impresionante, incapaz de sembrar el terror en el corazón del enemigo" (C. Cherfils, 1887). El final del siglo XVIII supone una ruptura.

Pero esta visibilidad del combatiente se expresa también en otros registros; las convenciones internacionales reconocen como combatientes a quienes llevan una señal de reconocimiento uniforme y no ocultan sus armas. El combatiente debe estar perfectamente identificado. A contrario, al mismo tiempo que se desarrollan estas convenciones, el siglo XX -y sobre todo la Gran Guerra- aporta una gran novedad en los uniformes y en la manera de hacer la guerra: el soldado perfectamente visible no es ya una necesidad, sino lo contrario.

Los obstáculos al cambio de uniformes

Según la historiografía habitual, es la invención -con los progresos de la química- de la pólvora sin humo en 1885 por el ingeniero francés Vieille lo que vendría a perturbar la importancia de los colores en los uniformes. Como su nombre indica, esta pólvora produce poco humo, y con ella el campo de batalla se vuelve transparente; ya no es necesario vestir colores vivos para ser visto. ¿Esta explicación clásica resulta aceptable o suficiente?

A comienzos del siglo XX, las formas de la guerra evolucionan. En África del Sur, la guerrilla adquiere una importancia considerable; los Boers, muy buenos tiradores, se funden con el paisaje, sacan ventaja al ejército británico que maniobra en bloques pesados y bien visibles. en la batalla de Spion Koppen (1900), la vieja infantería regular es derrotada por campesinos en armas. La guerra ruso-japonesa (1904-1905) también plantea a los observadores nuevos interrogantes. Se llevan a cabo numerosos estudios: las nuevas armas, las nuevas pólvoras sin humo, la táctica empleada de una parte y de otra, como el movimiento y las fortificaciones de campaña. Entre los observadores occidentales, algunos se convertirán en personajes célebres o importantes, como el capitán Pershing, que mandó más tarde el cuerpo expedicionario estadounidense en Francia durante la Primera Guerra Mundial, o también Caviglia, futuro general del ejército británico.

Muchos países sacaron conclusiones de los estragos que podían causar las nuevas armas de tiro rápido y las tácticas a ellas asociadas, de forma que probaron y adoptaron uniformes de colores "neutros" destinados a confundirse con el paisaje y a camuflar -aunque el término no encaje realmente en este período- al combatiente. Gran Bretaña adopta el kaki en 1900, los Estados Unidos de América en 1902, Rusia en 1909, Alemania con el feldgrau en 1907, Austria-Hungría el gris lucio en 1909 e Italia el gris verde ese mismo año. En Francia, la infantería llevaba un pantalón garance, es decir rojo. Los primeros experimentos sobre visibilidad de los uniformes se llevaron a cabo en Vincennes a partir de 1889. Hacia 1900 los debates se hicieron tumultuosos, apasionados y complejos. De 1902 a 1906, se probó en dos ocasiones el llamado uniforme "Boer" -el nombre resulta significativo- y el uniforme beige-azul. En 1911 se hizo una prueba con el uniforme color reseda. Todos estos ensayos se inspiran en las reformas de otros países, excepto el del pintor Detaille, que propone, en 1912, unos nuevos uniformes en colores tornasolados. Desde luego, el pintor no supo renunciar a la estética, pero lo que sobre todo resulta revelador es que se pidiera a un artista muy conocido por sus escenas de batallas que definiese un nuevo uniforme que parece más apropiado para una revista de tropas del 14 de julio que para el servicio en campaña. Más que ante un simple cambio en el color de los uniformes, estamos ante un auténtico cambio de mentalidad. Se produce una cierta secularización del uniforme, que, a finales del siglo XIX, es rechazada por una parte de la sociedad francesa. Algunos se burlan incluso de los uniformes que siguen la moda de las ropas civiles. El soldado y su vestimenta deben ser atemporales; es una idea tan poderosa como irracional. Ninguna de las propuestas de reforma tiene éxito. Las causas son múltiples, pero pueden clasificarse en tres apartados distintos.

En primer lugar están las razones políticas. La imposibilidad de tomar una decisión se debe en parte a la inestabilidad ministerial, pues el cambio de uniforme exige que se vote una ley, con el consiguiente debata parlamentario. Cuando se produce algún intento, cambia el ministro de la Guerra y su sucesor fija su atención en otra cosa o simplemente no hace nada.

Las consideraciones económicas son también importantes. En tiempos de paz había unos quinientos mil soldados de infantería. El ejército francés podía llegar a movilizar a tres millones de hombres. El cambio de uniformes no tenía pues una importancia menor en los presupuestos del Estado. En cambio, desde otro punto de vista también relacionado con la economía, no es posible pretender, como se ha hecho a veces erróneamente, que fuese el peso electoral de los fabricantes de la tela garance lo que influyó en las decisiones: el cultivo de la granza desapareció a comienzos de la década de los ochenta del siglo XIX, al ser reemplazada por un colorante químico, la alizarina, comprado a bajo precio en Alemania.

Pero más allá de estar razones de orden técnico, existían causas profundas, relacionadas más con la psicología que con la realidad, que se inscriben en las representaciones mentales que una sociedad se hace a sí misma y que podríamos definir de dos maneras: el recuerdo de la derrota de 1870 en la guerra contra Prusia y la idea que muchos franceses tienen del ejército. En efecto, las posturas que se adoptan en relación con este tema son muy diferentes pero parecen tener un denominador común que podría resumirse en esta frase: “El uniforme [el pantalón garance] se consagró con la victoria y se volvió sagrado con la derrota” (L’Illustration, 12 de abril de 1890). Era el pantalón de la derrota de 1870; la revancha la debían lograr soldados que llevasen aquel mismo uniforme. En la revista del 14 de julio de 1912, en la que se presentó el nuevo uniforme color reseda, la multitud abucheó a las unidades vestidas con uniformes verde pálido y tampoco la prensa fue más complaciente. Este sentimiento fue muy duradero y el uniforme de 1870 pudo convertirse incluso en un emblema, un símbolo. Así, en 1914, el pintor Chaperon realizó una gran tela titulada El poste de la frontera, donde muestra con toda claridad a hombres vestidos con uniformes de 1870 que esperan una venganza sobre Alemania mientras una alsaciana, reconocible por su traje, es vigilada por un ulano que, a lomos de su caballo, mira más allá de la frontera materializada en el famoso poste.
También se reprochaba a estos nuevos uniformes la falta de empaque, por lo que perjudicaban el prestigio del ejercito. Algunos temían incluso que esta pérdida de prestigio del uniforme influyera negativamente en la cantidad y calidad de los alistamientos y los reenganches. En aquella época no era concebible confeccionar dos uniformes, uno de paseo y otro de combate.

Al margen de estos análisis económicos y psicológicos, en Francia todas estas cuestiones hay que situarlas en el contexto más amplio de la mentalidad militar. Otro tipo de discusión agitaba la Escuela de Guerra. Si el coronel Pétain intentaba enseñar en ella algo evidente: “los disparos matan”, en teniente coronel De Grandmaison pretendía que la ofensiva a ultranza era la única decisión posible: sus teorías tuvieron una gran repercusión. Y efectivamente, el reglamento de 1894 insistía en las audaces recomendaciones del de 1887. Con este tipo de táctica, no había necesidad alguna de intentar no ser visto por el enemigo, más bien al contrario.

Finalmente, el 9 de julio de 1914, la Cámara votó la adopción de un nuevo uniforme, de color azul-gris. Hay que señalar que Jaurès, a pesar de ser partidario de un “Ejército nuevo”, título de una obra suya publicada en 1911, se opuso a esta reforma, y por tanto a la supresión del pantalón garance, debido al gasto que suponía. El tejido, llamado tricolor, es de un color gris producto de la mezcla de hilo blanco, azul y rojo. El rojo se obtiene con la alizarina alemana… La guerra provocó la suspensión de la importación de productos químicos alemanes y esta nueva tela nunca llegó a ser utilizada.

La industria textil tuvo que enfrentarse a enormes pedidos del ejército: éstos se multiplicaron por veinte en tres años. En septiembre de 1914 empieza a fabricarse una tela con lana azul y blanca. Llamada en principio “tela azul claro”, su color pasa a ser conocido como “azul horizonte” después de que el periódico L’Illustration lo denomine así el 16 de enero de 1915. Este uniforme pondría fin a la “guerra brillante, de uniformes rutilantes, de botones dorados y de cascos plateados [que] iba a hundirse en las trincheras, a cubrirse de barro, a apagar sus colores” (D. Lelouche, 1993).

Historia de la difusión de los uniformes de camuflaje

El uso de colores más o menos capaces de pasar desapercibidos no justifican hablar de uniformes camuflados.
Durante la Primera Guerra Mundial se trata sobre todo e camuflar materiales o acondicionar el terreno. Sin pretender resumir los excelentes trabajos publicados sobre el tema, podemos recordar que el camuflaje terrestre tiene como objetivo, a la hora de modificar las formas, inducir a error a un observador sobre la presencia, ausencia, número de piezas de artillería, organización del terreno, carreteras, vías de ferrocarril, aeródromos, etc. El camuflaje marino debe modificar la silueta de un barco para engañar al espectador –especialmente el submarino- sobre la ruta o la velocidad del navío. Numerosos artistas trabajan durante la guerra en los talleres de camuflaje del ejército. Existe un relación entre cubismo y camuflaje, pues ambos proceden de una destrucción y una reconstrucción de la forma del objeto. Picasso habría llegado a decir al final de la guerra, viendo pasar en París un camión camuflado: “Eso lo hemos hecho nosotros”, cuando él no había sido llamado a filas.

Puede ser interesante dar de forma más detallada cronología de la difusión de los uniformes camuflados en el mundo militar. De hecho, el uniforme azul horizonte fue un mal menor. Había recibido la aprobación de Joffre por imposibilidad de decidir otra cosa, ya que la industria se mostró incapaz de proporcionar suficiente tela caqui (Francia adopta este color de manera general en 1921). Durante la Gran Guerra, y a pesar de algunos ensayos puntuales, no se consideró la posibilidad de recurrir a una tela camuflada para realizar los uniformes de los combatientes: habrá que esperar para ello a los años 30. En 1937, en Italia se hicieron trajes de paracaidista en una tela de lona llamada “tela mimetizada”, ideada en 1929. También en 1937, la Waffen SS probó un traje camuflado y, en el transcurso de la guerra, los alemanes hicieron un uso considerable de este tipo de uniformes. En 1936, el primer tejido camuflado inglés se usó en las capas (pélerines) anti-gas, para generalizarse en los paracaidistas británicos en 1943. Los estadounidenses ponen a punto una tela estampada con pequeñas manchas de distintos colores en 1942: estos uniformes se usan sobre todo en el Pacífico. Pero lo cierto es que, durante la Segunda Guerra Mundial, los tejidos de un solo color fueron mayoritarios.

Después de 1945, los uniformes camuflados pasan a ser más corrientes en el ejército francés, especialmente en las tropas de ultramar. Tal vez haya que ver en ello, más que una elección deliberada, la necesidad de utilizar, en un período de penuria, los sobrantes británicos o norteamericanos. Hasta 1951 no aparece un primer tejido camuflado específicamente francés, reservado preferentemente a los paracaidista. El 14 de julio de 1958 dos divisiones desfilan con trajes camuflados por los Campos Elíseos: este uniforme de combate se convierte en el uniforme de desfile emblemático de una tropa de élite. Paracaidistas y comandos especiales se convierten en los héroes del momento en su lucha contra el ALN argelino cuado el general De Gaulle vuelve al poder. El uniforme de camuflaje ¿sería el de una nueva guardia pretoriana? Apenas cuatro años después, en 1962, se suprimen los uniformes camuflados –llamados también “leopardos” fuera de la esfera militar-. En la memoria colectiva, recuerdan el golpe de Argel de 1961. Se hace necesario desterrar los símbolos de una tropa fracasada.

Francia, que otorgó una significación política al uniforme camuflado, constituye en ese momento un caso aislado pues numerosos ejércitos utilizan, totalmente o sólo en algunas unidades, trajes de ese tipo: Estados Unidos, el Pacto de Varsovia, Gran Bretaña, Suiza, los países africanos. Por razones de economía y de stocks, a veces se entregan uniformes camuflados a los soldados franceses que operan en África, pero los jóvenes franceses no los quieren por ser los trajes que llevan muchos ejércitos de países que acaban de acceder a la independencia o, peor, los mercenarios, tan numerosos en África en ciertos momentos. En Francia habrá que esperar a la Guerra del Golfo para que aparezca, en 1991, el uniforme bariolé (de colores mezclados –el término “camuflaje” estaba proscrito-) de tonalidad arena conocido como “desierto”, seguido poco después de otro verde-marrón llamado “Centroeuropa”.

El uniforme de camuflaje hoy: un medio de identificación

Hoy día los ejércitos de todo el mundo están mayoritariamente equipados con uniformes de camuflaje. Plantearemos una pregunta iconoclasta: ¿sirven realmente tales uniformes para hacer que el combatiente se vuelva invisible a ojos del adversario?

El fin del camuflaje es romper las formas, confundir al individuo con el medio cambiante: colores de la vegetación, de la tierra, etc. El camuflaje que mezcla colores es generalmente preferido al tejido liso, y hay una gran variedad de manchas, formas y colores. Paradójicamente al mismo tiempo es necesario poder reconocer quién es quién, amigo o enemigo..., y por tanto que los uniformes sean diferentes, pues de otro modo podrían producirse graves errores.

A este cuestión responde una interesante comunicación presentada por C. Benoit en un coloquio organizado en El Havre en 1999 sobre el tema "Camuflaje y mimetismo, de la naturaleza al hombre". Resumiendo, los uniformes de camuflaje apenas tendrían sentido hoy, cuando los medios de detección -de los rayos infrarrojos a los intensificadores de luz pasando por las cámaras térmicas- hacen dificil que el combatiente pueda esconderse tras su tejido camuflado. Por el contrario, la tela auténticamente camuflada del siglo XXI sería aquella que enmascararía la identidad térmica del combatiente o se modificaría automáticamente al variar el color de las fibras del tejido en respuesta a los cambios ambientales: por ejemplo, al pasar del sotobosque a la tierra cultivada, como hace naturalmente el camaleón, o de acuerdo con las estaciones.

El gran defecto de la tela camuflada es pues que generalmente no se adapta al medio ambiente y con ello se convierte en un elemento de localización. Si existiese un verdadero camuflaje -dibujos, formas, colores-, todos los ejércitos lo adoptarían. La diversidad de camuflajes demuestra lo contrario. Cuando el ejército francés intervino en la Guerra del Golfo de 1991, enseguida apareció la necesidad de dotar a los soldados de un uniforme de color arena. En efecto, el traje de faena verde previsto para operaciones en Centroeuropa quedó practicamente inservible. La primera propuesta fue comprar nuevos uniformes, o el tejido para confeccionarlos, a los estadounidenses. El Jefe del Estado mayor francés se opuso a ello: lo que se necesitaba era un uniforme específicamente francés.

Pongamos un significativo ejemplo a contrario. Durante la Primera Guerra Mundial, los alemanes sacan un nuevo casco, que resultó mejorado durante la Segunda, aunque conservase su forma típica. Cuando los norteamericanos y más tarde los franceses crean otro tipo de casco, que proteje perfectamente la cabeza y es de forma totalmente ergonómica, se sirven para ello de modelizaciones informáticas. Ambos cascos se parecen entre sí y también al antiguo casco alemán: los soldados estadounidenses incluso han bautizado su casco como "Fritz". Si es posible creer que existe una forma ideal de casco, no ocurre desde luego lo mismo con los uniformes de camuflaje...

En las operaciones de mantenimiento o restauración de la paz que constituyen las principales misiones de los ejércitos occidentales en estos inicios de siglo XXI, las acciones se desarrollan con frecuencia en zonas urbanas o periurbanas; el uniforme de campaña de camuflaje apenas tiene utilidad. Pero el trae coloreado y camuflado resulta un excelente medio de reconocimiento. Es un uniforme que sigue siendo portador de una connotación de tropa de élite: una herencia de los paracaidistas. Se produce así una inversión de sentido, el uniforme camuflado se ha vuelto emblemático. Para los estadounidenses es el uniforme de los gendarmes del mundo, desde los generales hasta los simples soldados. En el marco del ejército francés, que acaba de ver desaparecer el reclutamiento forzoso y que se ha profesionalizado, esta inversión de sentido es muy importante. Ese ejército profesional sería un ejército de élite, y el trae bariolé (oficialmente no existe el uniforme camuflado en el ejército francés) tal vez ayude a conseguir nuevos reclutas y a asegurarse su lealtad (es interesante ver el diseño de la página web del Ejército de Tierra Francés; los motivos bariolés evidencian una voluntad estética: www.defense.gouv.fr/terre). El uniforme sigue sirviendo hoy para reclutar soldados y proporcionarles una cierta autoestima. Incluso los generales se hacen fotografiar en su despacho, con una pluma estilográfica en la mano, llevando este uniforme. Como los norteamericanos, deben vestir igual que la tropa: es indispensable para que funcione el mecanismo de la identificación. Pero la imagen tiene de entrada un lado gracioso desde el momento en que la estilográfica -que sigue siendo el símbolo del hombre reflexivo- choca de frente con los colores y las líneas del uniforme de combate, símbolo de la acción.

En determinadas circunstancias, al soldado le gusta siempre ser visto.
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